Siempre con una baraja en la mano canturreando por la calle o tocando, con aquellas trompetas de plástico que le compraban, alguna canción de Manolo Escobar. Todos los días iba a comprar el pan para Esther, Humi y para las vecinas que le pillaban de camino, pero con una condición: no le valía cualquier serillo, tenía que tener asas de plástico rígido para poder ir haciendo música con ellas toda la calle adelante.