Una fue cuando vivíamos en el piso con Peláez y los otros alipendes mencionados. Yo llegaba de la calle a eso de las ocho y media o nueve de la noche con un hambre propia de los veinte años, mal alimentados, que teníamos entonces. Fede había preparado una hermosa tortilla de patatas porque, al día siguiente, tenía que madrugar para ir de excursión a un pueblo a excavar no sé qué piedras y hacer un trabajo de una de las asignaturas de Geografía. Después de guardarla en un armario de la cocina, tapada con un plato hondo de Duralex, puesto boca abajo, sobre otro plato llano en el que reposaba la tortilla, se metió en la cama, feliz y contento, con todo listo para el día siguiente.