Yo rezaba ese responso, pero para que mi madre no me mandara ir a cobrar las suscripciones de "El Mensajero de San Antonio", ni a repartir la revista por las casas. Entonces valían las perras gordas y yo perdía la mitad, lo que suponía quedarme sin alguna propina de los domingos. Lo siento por San Antonio, pero era una lata el rollo ese. Eso sí, menos mal que te mencionaban en la revista si te morías, que ya era un milagro bastante grande para aquellos tiempos el que hicieran algo gratis.