Libre, como estaba aquel cuartel de cualquier ataque aéreo, marítimo o terrestre, Miguel puso todo su celo en que no se escapara ningún detalle de las incursiones que se estaban produciendo debajo de su garita. En el primer coche, estaba claro que un amortiguador fallaba, por lo desacompasado de los movimientos, mientras en el segundo andaban, tanto la chica como el chico, conectándose las pinzas, para ver si arrancaban. Se iba sumando a la fiesta algún coche más para alegría de Miguel, que el hombre, no contaba con que, en uno de sus quiebros por asomarse a ver si pillaba una mejor perspectiva, se levantara un bufarada de aire y le tirara la gorra al suelo, entre los coches de las parejas.