Como, en aquellos tiempos no existían control alguno de cogorcemia, porque aquello ya pasaba de alcoholemia, arrancamos con idea de descubrir América, aunque antes tuvieramos que descargar algún camión en el monasterio de la Rábida o por allí cerca. A los pocos kilómetros, de pasar Salamanca, al primo Carlos Alberto le iba atacando el sueño, un poco por el vino y otro poco porque eran las tres de la mañana. En cuanto vio una gasolinera, que a esa hora estaba cerrada, paró a echar una cabezadita ligera en previsión de males mayores, pidiéndonos que le llamáramos a las cuatro para seguir el camino.