Del paso por el piso de Fede, en Zamora, todavía tengo los pelos de punta. Eran los primeros días del curso y ya estaban cenando lechugas mangadas en las huertas cercanas al Ramiro Ledesma y alguna lata sustraída del Sándalo. Nos ofreció algo de cena que, como no podía de otro modo, consistió en un par de huevos fritos en la poca grasa que soltó un cacho de tocino de segunda mano que guardaban en el frigorífico.