Así que, a la taurina hora de las cinco de la tarde (igual eran las siete, pero para el caso es lo mismo), estábamos esperando, subidos en el remolque, a que saliera la primera vaquilla. Los más precavidos, entre los que me encuentro, estábamos engarabitados en el remolque, no sea que nos pillara. El único que estaba en la arena, aunque pegando al remolque, era Miguel que no temblaba. Ni miraba, si quiera, a ver soltaban la vaca o no.