En el vagón había una parejita de novios adolescentes, comiéndose el morrito, un matrimonio mayor y creo que otras tres o cuatro personas. Tanto los que estaban dentro, como los que íbamos entrando, o no hablábamos, bien fuera por la impresión, bien por tener los labios ocupados en otras cosas, o si lo hacíamos era muy bajito porque todavía estábamos con los estómagos encogidos por todo lo que habíamos vivido allí arriba, y porque todavía nos quedaba bajar de aquel abismo. Hasta que, de repente, entra Miguel en el vagón y comenta bien alto, para que nos enteráramos todos:
- “Ahora risa, risa, la que pasamos la última vez que se cayó uno de estos vagones”
Soltó una carcajada el vagón entero y nos entró tal risa llorona que, si teníamos poca hambre, se nos quitó del todo, por lo menos hasta que llegamos frente al cocido lebaniego que daban en Espinama, pero esa fue otra.
- “Ahora risa, risa, la que pasamos la última vez que se cayó uno de estos vagones”
Soltó una carcajada el vagón entero y nos entró tal risa llorona que, si teníamos poca hambre, se nos quitó del todo, por lo menos hasta que llegamos frente al cocido lebaniego que daban en Espinama, pero esa fue otra.