Pues resulta que subimos cuatro matrimonios: el de Fede, Miguel, Alfredo, que estaba de luna de miel y el mío. Nada más llegar arriba, a la izquierda de la parada del teleférico, había un mirador, colgado sobre una pared vertical de unos 800 m. que quitaba la respiración. Sobre todo, porque además de la altura a la que estaba situado, tenía el suelo hecho con unos listones de hierro cruzados unos con otros, que daban todavía más impresión. Íbamos entrando en el mirador de dos en dos, porque apenas cabían tres personas y porque no nos fiábamos de que aquello resistiera, hasta que le llegó el turno a Miguel, que entró dando un par de brincos, encalcando bien fuerte para ver si aquellos hierros resistían.