¡Bienvenidos a la casa de Servia Vitruvia Arvina! Pero, por la casta y pura Vesta, ¡Que ven mis ojos! Cinco muchachotes estupendos – dijo la oronda alcahueta repasando con su mirada de batracio al grupo entero – Estoy seguro que alguno de vosotros sois nuevos en mi casa… ¿Qué podría ofreceros para deleitar vuestros sentidos?
Muéstranos tu oferta, querida Arvina. Me han hablado muy bien del género de tu casa – le respondió el compinche de mi hermano –
Así es, jovencito. Tengo verdaderas maravillas. Este no es uno de esos prostíbulos infectos del puerto de Saguntum, es una reservada casa de citas para clientes selectos… ¡Atelo! Castrado perezoso… Vamos, a qué esperas, pasa estos clientes a los triclinios – le regañó al esclavo que nos había atendido tras darle un coscorrón. Después dio dos sonoras palmas y se colocó bien la prieta y sólida túnica faja que soportaba el peso de su inmenso busto –
Como deseéis, Dómina – respondió sumiso el enjuto individuo dirigiéndose con toda celeridad hacia una de las estancias del atrio –
Al instante aparecieron desde varios de los cubículos adyacentes una nutrida variedad de jovencitas y jovencitos. Ellas, unas muy jóvenes y otras ya maduritas, iban vestidas con finísimos peplos de lino setabense, estaban maquilladas con todo tipo de exóticos bálsamos y alguna que otra tenía teñido el cabello con pasta de sebo y ceniza. Aquellos insinuantes y sugerentes vestidos dejaban translucir las areolas coloreadas que coronaban sus tersos bustos y los ensortijados encantos de sus entrepiernas. Los tres efebos barbilampiños lucían sus cuerpos juveniles untados en aceites aromáticos y cubrían sus miembros con un escueto y simple taparrabos. Aquellas mujeres no parecían forzadas, pues en el complejo mundo de la prostitución las hay de todos tipos, de las que no pueden elegir y de las que elige bien a sus amantes de pago. En aquel caso supe después que muchas de aquellas espléndidas féminas le pagaban un jugoso porcentaje a la dueña de la casa por trabajar discretamente con personajes conocidos e influyentes en la comodidad de un lecho cálido y mullido.
El acicalado grupo de profesionales del amor se fue paseando entre los bancos, acariciándonos, sonriendo y provocando nuestra ya irrefrenable lujuria. Una de aquellas tremendas hembras, una esbelta morena de larga cabellera que emanaba un embriagador aroma a jazmín persa, se dirigió hacia mí, barrió mi rostro con su fragante melena a la vez que introducía su hábil mano bajo de mi túnica. Fue la que más me impactó. Y no menosprecio al resto de jovencitas y no tan jovencitas, a ver cuál más apetecible, pero la primera impresión me marcó la decisión. Tenía aún sus bronceadas carnes prietas, pues no sería mayor que yo, unos glúteos redondos y respingones más duros que las Columnas de Hércules y unos pechos puntiagudos y tiesos como odres llenos. La elegí a ella.
Mi hermano negoció en grupo con la mofletuda y pintarrajeada Arvina el coste de los servicios de su apetitosa mercancía, cerrándolo en cincuenta monedas de plata por una hora de amancebamiento. La muchachita morena que tanto me gustaba me cogió de la mano y me llevó a su cubículo, un pequeño y encarnado habitáculo en el peristilo en el que un taburete y un camastro eran sus únicos muebles. Sobre el dintel de la puerta había un expresivo grabado de una amazona cabalgando sobre un tipo recostado en un diván. En aquel momento no le presté atención pero con el tiempo descubrí que cada una de aquellas mujeres indicaba explícitamente en su puerta su especialidad. Y cada uno de aquellos servicios tenía su coste prefijado pues no es lo mismo una simple masturbación manual que una felación completa, y más teniendo en cuenta la escueta higiene, por llamarla de alguna manera, de ciertos clientes habituales de la casa.
Muéstranos tu oferta, querida Arvina. Me han hablado muy bien del género de tu casa – le respondió el compinche de mi hermano –
Así es, jovencito. Tengo verdaderas maravillas. Este no es uno de esos prostíbulos infectos del puerto de Saguntum, es una reservada casa de citas para clientes selectos… ¡Atelo! Castrado perezoso… Vamos, a qué esperas, pasa estos clientes a los triclinios – le regañó al esclavo que nos había atendido tras darle un coscorrón. Después dio dos sonoras palmas y se colocó bien la prieta y sólida túnica faja que soportaba el peso de su inmenso busto –
Como deseéis, Dómina – respondió sumiso el enjuto individuo dirigiéndose con toda celeridad hacia una de las estancias del atrio –
Al instante aparecieron desde varios de los cubículos adyacentes una nutrida variedad de jovencitas y jovencitos. Ellas, unas muy jóvenes y otras ya maduritas, iban vestidas con finísimos peplos de lino setabense, estaban maquilladas con todo tipo de exóticos bálsamos y alguna que otra tenía teñido el cabello con pasta de sebo y ceniza. Aquellos insinuantes y sugerentes vestidos dejaban translucir las areolas coloreadas que coronaban sus tersos bustos y los ensortijados encantos de sus entrepiernas. Los tres efebos barbilampiños lucían sus cuerpos juveniles untados en aceites aromáticos y cubrían sus miembros con un escueto y simple taparrabos. Aquellas mujeres no parecían forzadas, pues en el complejo mundo de la prostitución las hay de todos tipos, de las que no pueden elegir y de las que elige bien a sus amantes de pago. En aquel caso supe después que muchas de aquellas espléndidas féminas le pagaban un jugoso porcentaje a la dueña de la casa por trabajar discretamente con personajes conocidos e influyentes en la comodidad de un lecho cálido y mullido.
El acicalado grupo de profesionales del amor se fue paseando entre los bancos, acariciándonos, sonriendo y provocando nuestra ya irrefrenable lujuria. Una de aquellas tremendas hembras, una esbelta morena de larga cabellera que emanaba un embriagador aroma a jazmín persa, se dirigió hacia mí, barrió mi rostro con su fragante melena a la vez que introducía su hábil mano bajo de mi túnica. Fue la que más me impactó. Y no menosprecio al resto de jovencitas y no tan jovencitas, a ver cuál más apetecible, pero la primera impresión me marcó la decisión. Tenía aún sus bronceadas carnes prietas, pues no sería mayor que yo, unos glúteos redondos y respingones más duros que las Columnas de Hércules y unos pechos puntiagudos y tiesos como odres llenos. La elegí a ella.
Mi hermano negoció en grupo con la mofletuda y pintarrajeada Arvina el coste de los servicios de su apetitosa mercancía, cerrándolo en cincuenta monedas de plata por una hora de amancebamiento. La muchachita morena que tanto me gustaba me cogió de la mano y me llevó a su cubículo, un pequeño y encarnado habitáculo en el peristilo en el que un taburete y un camastro eran sus únicos muebles. Sobre el dintel de la puerta había un expresivo grabado de una amazona cabalgando sobre un tipo recostado en un diván. En aquel momento no le presté atención pero con el tiempo descubrí que cada una de aquellas mujeres indicaba explícitamente en su puerta su especialidad. Y cada uno de aquellos servicios tenía su coste prefijado pues no es lo mismo una simple masturbación manual que una felación completa, y más teniendo en cuenta la escueta higiene, por llamarla de alguna manera, de ciertos clientes habituales de la casa.