Fede, el cuñao de PON, siempre anduvo de dinero, como todos, a las tres menos cuartillo. Tenía la costumbre de doblar los billetes de veinte duros hasta que ocupaban, más o menos, lo que una lenteja, para meterlo bien en el bolsillo pequeño de los vaqueros, el que está por cima del bolso donde metemos las manos, que se viene a romper y que, una vez roto, sirve para tener más a mano lo que siempre llevamos tapado.