Cuando estábamos en un piso de Alfonso IX, en Salamanca, Peláez -uno de Villalba que vivía conmigo- estaba tan harto de tener que fregar la cocina porque se le arramaba la leche que una vez se agarró al mango del cazo y dijo que no lo iba a soltar hasta que cociera.
Los demás le dábamos conversación para que se le hiciera más llevadera la espera pero él no soltaba el mango de manera ninguna.
De repente, y ya sin solución empezó a subir la leche por el cueceleches arriba al tiempo que Peláez gritaba " ¡Ahoraaaaaaaa!..."
Fue peor el remedio que la enfermedad porque antes se arramaba la leche sola al nivel del fuego y ahora se iba igual pero desde más alto y esperriendo mucho más.
Gajes del oficio.
Los demás le dábamos conversación para que se le hiciera más llevadera la espera pero él no soltaba el mango de manera ninguna.
De repente, y ya sin solución empezó a subir la leche por el cueceleches arriba al tiempo que Peláez gritaba " ¡Ahoraaaaaaaa!..."
Fue peor el remedio que la enfermedad porque antes se arramaba la leche sola al nivel del fuego y ahora se iba igual pero desde más alto y esperriendo mucho más.
Gajes del oficio.