— ¡Adiós, Cordera! —gritó Rosa, adivinando allí a su
amiga, a la
vaca abuela.
— ¡Adiós, Cordera! —vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al
tren, que volaba
camino de Castilla.
Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo: