Metido debajo de la camilla, a eso de la media tarde, el humilde brasero crea un amor alrededor de las faldillas que va languideciendo hasta que otro olor aviva los sentidos. El de unas sopas de ajo puestas a hervir en la cocina. Y, detrás de ellas, un plato de torresnos hechos por la mañana y una vela de chorizo.