Parece que lo estoy viendo, rascándose la cabeza por debajo de la gorra y fijándose bien en el hocico del marrano. Al cabo de un rato de dar vueltas al bicho tuvo que ir planeando lo que hacer con cada cacho. Tuvo que pensar que, como seguramente el marrano tendría sangre e hígado, lo repartiría, en un plato de Duralex, tapado con la rede, algún sobrino suyo que ese día no iría a la escuela. Tuvo que decir “y que no se me olvide llevarle a Sagrario la pajarilla, que a Paulino le sabe po’l alma”. Mirándole las patas, se debía estar relamiendo imaginándose un cacho coto en el cocido. “Y con ese culo gordo ¿qué hago?. Porque pa comerlo de una sentada es mucho… Tengo que probar a ponerle sal y colgarlo al aire a ver qué me sale. Lo que si me hace falta es jabón con que si se me pone añejo el tocino ya sé qué hacer con él. Y la facera pa’l perro de Manolito que las enciende…”