Después me enteré que lo hacían para que no se mordieran entre ellos el rabo y las orejas, para que se cebaran mejor y la carne no diera a verraco. Eso sí al pobre alguacilillo lo mismo le daba que le cortaran lo que quisieran. Ni crecía ni aborrecía. El de mi camada terminó sus días en Pobladura, en casa de un tal Eudosio, al que llamaban Udobe, por darle guerra.