Un día, antes de eso de la matanza que os decía, llegó un muchacho a la pocilga y agarró por las patas al marranico, cuando era pequeño, mientras otro señor mayor le atravesaba la oreja con un plástico azul, le cortaba los dientes con unos alicates y el rabo con unas tijeras. Pero eso no era todo, faltaba lo peor. Desde la puente, donde yo estaba, lo vi todo bien cerca. ¡Menudo susto me llevé cuando vi pasar una navaja cabritera que casi me afeita en seco!. Al infeliz del marrano, aquel señor mayor, le buscó los rínfanos, se los apretó bien para que se notara bien dónde estaban y, después de darle un corte con la navajita, le volvió a apretar bien fuerte para que salieran para afuera. Todavía me corren sudores cada vez que me acuerdo.