Menudo jaleo se preparó en la cocina vieja de aquella casa de pueblo. El que mejor se lo pasó, ese par de días, fue el gato, por lo menos hasta que se llevó un testón por arrimar los hocicos a la manteca, una cosa blanca que tenían mucho rato calentando en una sartén grande donde perdí a muchos hermanos míos. Escurrían de las exprimideras como si tal cosa los pobres. Al final iban a parar a unas ollas de barro donde les ponían la cara colorada unos chorizos que necesitaban conservarse frescos para el verano próximo. Era la única manera de que los chiguitos se llenaran los hocicares de berretes merendando manteca colorá untada en un zoco de pan.