Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba. Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. Él se echó a un lado y paró el coche. Los de delante daban voces los dos, no se por qué discutían. La madre de él no decía nada, ya antes había empezado a decir algo y ella la corto con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada. Él bajó del coche y cerro de un portazo, le dio la vuelta, abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar.
Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaba y disponía los bultos. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante.
Oí el ruido del motor.
Alcé las manos hacia la ventanilla, me apoyé en el cristal, detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos, le temblaban los labios. Arrancó el coche y yo caí de bruces.
Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro, pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca. Me aparté porque otro coche en dirección contraria casi me arrolla.
Me eché a un lado a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mí. Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje y un coche negro no pudo evitar atropellarme. No ha sido mucho, un golpe seco que me tiró a la cuneta.
Aquí estoy.
No me puedo mover. Primero porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron, segundo porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí.
Me duele la pata hasta cuando me la lamo.
Me duele todo.
Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña, nunca serán capaces de engañarme.
Aquí estaré. Si tuviese siquiera un poco de agua, hace tanto calor y tengo tanto sueño.
No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen.
Me siento más solo que nadie en este mundo. Aquí estaré hasta que me recojan.
Ojalá vengan pronto.
Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaba y disponía los bultos. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante.
Oí el ruido del motor.
Alcé las manos hacia la ventanilla, me apoyé en el cristal, detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos, le temblaban los labios. Arrancó el coche y yo caí de bruces.
Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro, pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca. Me aparté porque otro coche en dirección contraria casi me arrolla.
Me eché a un lado a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mí. Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje y un coche negro no pudo evitar atropellarme. No ha sido mucho, un golpe seco que me tiró a la cuneta.
Aquí estoy.
No me puedo mover. Primero porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron, segundo porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí.
Me duele la pata hasta cuando me la lamo.
Me duele todo.
Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña, nunca serán capaces de engañarme.
Aquí estaré. Si tuviese siquiera un poco de agua, hace tanto calor y tengo tanto sueño.
No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen.
Me siento más solo que nadie en este mundo. Aquí estaré hasta que me recojan.
Ojalá vengan pronto.