Otro que se dio con un palo fue un pego que criamos, cuando vivíamos en el Ochavo. Porque la afición a la crianza de pájaros en casa, no acabó con el tristemente célebre Perico, sino todo lo contrario. No recuerdo cómo lo bauticé, pero sí que, el mencionado pego, andaba suelto por dónde quería y volvía a comer dónde nosotros lo habíamos acostumbrado. Cerca de la casa de la señá Dominica, tenían mi tío Andrés y mi tía Carmen (yo los llamaba tíos) una cochera con pocilgas y, por consiguiente, con paniza para echarles de comer. Debieron ver, merodeando por allí al pobre pego, a la oreta de la paniza, y no se encomendaron a santo ninguno: le arrearon un trompazo y así es de la manera que dejaba de bobiar con la paniza.