A continuación del hall, digo de la casa, había un pasillo tan estrecho que era conveniente usarlo en ayunas por si quedabas entretallao, donde Herminio y yo jugábamos al fútbol (yo, de portero, en el suelo y él tirando a puerta), cuando no estaban entrando o saliendo las mulas o la cabra. Porque, claro, lo que había al final del pasillo no era una portería reglamentaria, sino la puerta de la cuadra que pa’l caso es lo mismo. Desde la cocina, mi madre rabiaba con nosotros, temiendo que algún balonazo acabara en alguna avería gorda.