MALVA: Solo quería decir que, según parece, y a pesar de todo,...

Solo quería decir que, según parece, y a pesar de todo, el número de lectores del foro es más amplio de lo que parece a simple vista. Me gustaría que pudiéramos contar los que somos más o menos habituales.
-Así que, a ver, numerarse por la cabeza, como en el ejemplo: “Uno”.
A propósito de las bicis, no creo que ninguno estemos libres de algunos recuerdos, aunque los que a mí me viene ahora a la cabeza, no sean muy agradables, que digamos.
En mi casa, no recuerdo que se comprara ninguna bicicleta, pero sí me acuerdo, que mi padre me armó una con el cuadro de una vieja, que creo que era de Andrés, el de mi tía Etelvina, y con el manillar de otra.
La bici de Alfredo era muy propia para aprender a andar en bici porque no tenía barra, con eso no tenías que andar metiendo el pie por debajo de ella, ni te tenía que abrir las carnes por el culo, si te atrevías a intentarlo por cima de la dichosa barra de los suplicios. Así que me puse, muy ufano, a dar una pedaladas, por la era de Félix Matagatos (con el aumento de la concurrencia en el foro, no sería de extrañar que alguno se ofenda por la utilización de motes, pero hay que ver lo que se acorta con ellos y no se usan con mala fe ninguna). Como digo, la barra era muy propia para noveles, pero el pedal derecho, del que sólo quedaba el eje, lo era para clavárselo hasta las trancas. De hecho, no habían transcurrido más allá de dos o tres pedaladas, cuando se me resbaló el pie y me hinqué, hasta el tuétano, el puñetero eje del pedal, como no podía ser menos. Me obsequió Don Mariano con la correspondiente inyección del tétanos y tan ricamente que me quedé.
En una de las excursiones que hacíamos a La Malvasía, se me ocurrió cogerle la bici a alguien (no recuerdo a quién), seguramente porque era de aquellas modernas, de paseo, con aquellas ruedas más pequeñas que las de los armatostes nuestros y se conoce que yo quería probarla. Como era natural, el dueño, no quería dejármela ni a tiros, así que yo aproveché un descuido para cogérsela y salir pitando de allí. Ya me llevaría él mi bici, si quería, y si no, allí quedaba. Debí de envelocinarme tanto que empezó a vibrar el manillar de manera que, aquella puñetera cabra me enrebujó en el suelo, de mala manera. El golpe gordo lo llevó el codo derecho. Sabido es que uno no puede lamerse su propio codo, ni casi mirárselo, pero en aquel caso, los que se asomaban por el butraco que me hice, veía hasta el hombre. Otra inyección de Don Mariano y en paz.
Claro que cómo no íbamos a tener averías si metíamos las bicis por los peores sitios que encontrábamos. Cuando vadearon el regato desde el puente hasta el cebonero de Manolo, me acuerdo que Fede el Rácano y yo, entre otros, hacíamos competiciones de ciclocrós, todo el regato adelante, por cima de los montones y sin poner el pie en el suelo. ¡Madre de mi vida, el ruido que hacía aquel estafermo de Fede! Ni le funcionaban los frenos, ni el embrague, ni el acelerador, pero ruido hacía to’l que querías.
No lejos del puente, hay un rebanzón que viene desde la caseta del señor David. Como otros muchos, era frecuente que los bajáramos a derecho, pero en aquella ocasión, se me ocurrió bajarlos de soslayo y con Miguel montado en la barra. No es por faltar, pero se conoce que del peso, la rueda delantera se dobló como una L y las costillas de Miguel se fueron a estrellar al suelo. Quedó como una brata, con las patas p’arriba y entretallao con el manillar, mientras yo hacía lo que podía para levantarme y sacudirme la pusia.
Por esta vez, Don Mariano se tuvo que fastidiar y guardar aquel bote de jeringuillas que, por sí sólo daba miedo, pero como viniera envuelto con aquel olor a alcohol tan característico… ¡me daba un asco!.
Ahora, cuando no me libré fue la vez que fuimos a Bustillo a por tabaco y a comerle los bollos a Azucena, la del estanco, cuando entraba pa’dentro a buscar el “Peninsulares”. Me llevó Celso, en la barra. Y me trajo, claro, pero al llegar a la cuesta abajo que va desde el cruce de Bustillo a la ermita, se me debió de dormir el pie de manera que lo fui a meter entre los radios de la rueda delantera. Dimos la vuelta el carnero y, tanto Celso como la bici, cayeron encima de mí que no tuve más remedio que amorrarme al suelo y partirme el labio… de la risa, tú verás. Me acuerdo también que aquella tarde de domingo, terminé de pasarla en casa, con Ángel el Majo, que en paz descanse, que me había llevado hasta allí. ¡Otra inyección del tétanos! Hasta siete me pusieron de pequeño.