En una de las excursiones que hacíamos a La Malvasía, se me ocurrió cogerle la bici a alguien (no recuerdo a quién), seguramente porque era de aquellas modernas, de paseo, con aquellas ruedas más pequeñas que las de los armatostes nuestros y se conoce que yo quería probarla. Como era natural, el dueño, no quería dejármela ni a tiros, así que yo aproveché un descuido para cogérsela y salir pitando de allí. Ya me llevaría él mi bici, si quería, y si no, allí quedaba. Debí de envelocinarme tanto que empezó a vibrar el manillar de manera que, aquella puñetera cabra me enrebujó en el suelo, de mala manera. El golpe gordo lo llevó el codo derecho. Sabido es que uno no puede lamerse su propio codo, ni casi mirárselo, pero en aquel caso, los que se asomaban por el butraco que me hice, veía hasta el hombre. Otra inyección de Don Mariano y en paz.