“Aviones no tendremos, pensaba el General Custer, pero tenemos unos adobes cojonudos, que al que no matan, lo arranan.” En esto que Jerónimo, tratando de acomodarse para esperar los refuerzos, se sentó encima de un cardo y su chillido lo delató. El General Custer lo guipó, y en un alarde de arrojo y de estrategia militar, le arreó con el adobe en to la cabeza, esbaratándole el penacho al pobre Jerónimo.