CRÓNICAS DE UN PUEBLO
Capítulo aparte ha merecido siempre, por ser una guarrería como un castillo de grande, un episodio que les ocurrió a tres estudiantes de Malva, en Salamanca. El episodio fue tan notable que, a causa de aquellos hechos, empezaron a plantearse el desmantelamiento del cuartel de Federico Anaya, hasta convertirse en lo que hoy es El Corte Inglés. Se conoce que para borrar cualquier vestigio de aquella repugnante afrenta.
Salieron a la luz, aquellos hechos, por la incontinencia verbal de un soldado que hacía guardia en una de las garitas del mencionado cuartel. Se debió pasar un guardia, el pájaro, que no pudo resistirse y, en cuanto le llegó el relevo, despertó a todo el cuerpo de guardia para contarle lo que había visto.
Todo ocurrió en una calle oscura, entre dos coches que estaban aparcados, a los pies de aquella garita de la suerte. Al estudiante que más calva luce en la actualidad le vino un apretón que sólo se podía solucionar haciendo lo que hoy día se conoce como un calvo. Mejor dicho dos, porque lo que asomaban eran las dos nalgas. Entre ambas, dio en salir, por la fuerza de la naturaleza y del retortijón, un hilo de chapapote bien gordote y encalcadote.
Al estudiante de mayor cabeza, le vinieron unas ganas irrefrenables de arrear un azote en aquellas dos prominentes calvas, con tan mala puntería, que fue a rozar su mano con el morcón que, en ese instante, estaba a punto de soltarse del culo del calvo y precipitarse hacia el suelo.
El soldado guardián, que no quitaba ojo, empezaba a retorcerse de la risa con grave riesgo de darse un tiro en el pie, contagiado por las carcajadas del otro estudiante, barbado, testigo del desalojo.
Se ve que con las risas, el autor del “soplacacas” (se dice soplamocos, pero la cosa no estaba como para meter allí nariz ninguna) se sintió tan afrentado por el azote marrado (aquí podría utilizarse el adjetivo marranado, pero entonces no sería una equivocación por falta de puntería), que quiso compartir el producto que perfumaba su mano, con las nalgas del calvo y las barbas del que las lucía.
Entre las que le daban al soldado de la garita, de la risa y las de los otros tres, del olor, allí había más arcadas que en toda la Plaza Mayor de Salamanca. Sentiría mucho que os viniera una, si estáis leyendo esto, pero es mi obligación advertiros que, si ahora mismo intentáis pronunciar la palabra escatológico, la vuestra, la tendréis asegurada.
No le deis más vueltas: si os ha dado asco, perdón por haberlo escrito, si os ha hecho gracia, reiros y si, ni una cosa ni otra, podéis emplear vuestro tiempo en averiguar dónde cagó Domicio.
Poneros en la piel del soldado de la garita o en la del dueño del bar de enfrente viendo pasar, derechos al servicio, a tres de sus clientes más habituales, sin dar ni siquiera las buenas noches y dejando una estela, camino del aseo, que corrompía.
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Capítulo aparte ha merecido siempre, por ser una guarrería como un castillo de grande, un episodio que les ocurrió a tres estudiantes de Malva, en Salamanca. El episodio fue tan notable que, a causa de aquellos hechos, empezaron a plantearse el desmantelamiento del cuartel de Federico Anaya, hasta convertirse en lo que hoy es El Corte Inglés. Se conoce que para borrar cualquier vestigio de aquella repugnante afrenta.
Salieron a la luz, aquellos hechos, por la incontinencia verbal de un soldado que hacía guardia en una de las garitas del mencionado cuartel. Se debió pasar un guardia, el pájaro, que no pudo resistirse y, en cuanto le llegó el relevo, despertó a todo el cuerpo de guardia para contarle lo que había visto.
Todo ocurrió en una calle oscura, entre dos coches que estaban aparcados, a los pies de aquella garita de la suerte. Al estudiante que más calva luce en la actualidad le vino un apretón que sólo se podía solucionar haciendo lo que hoy día se conoce como un calvo. Mejor dicho dos, porque lo que asomaban eran las dos nalgas. Entre ambas, dio en salir, por la fuerza de la naturaleza y del retortijón, un hilo de chapapote bien gordote y encalcadote.
Al estudiante de mayor cabeza, le vinieron unas ganas irrefrenables de arrear un azote en aquellas dos prominentes calvas, con tan mala puntería, que fue a rozar su mano con el morcón que, en ese instante, estaba a punto de soltarse del culo del calvo y precipitarse hacia el suelo.
El soldado guardián, que no quitaba ojo, empezaba a retorcerse de la risa con grave riesgo de darse un tiro en el pie, contagiado por las carcajadas del otro estudiante, barbado, testigo del desalojo.
Se ve que con las risas, el autor del “soplacacas” (se dice soplamocos, pero la cosa no estaba como para meter allí nariz ninguna) se sintió tan afrentado por el azote marrado (aquí podría utilizarse el adjetivo marranado, pero entonces no sería una equivocación por falta de puntería), que quiso compartir el producto que perfumaba su mano, con las nalgas del calvo y las barbas del que las lucía.
Entre las que le daban al soldado de la garita, de la risa y las de los otros tres, del olor, allí había más arcadas que en toda la Plaza Mayor de Salamanca. Sentiría mucho que os viniera una, si estáis leyendo esto, pero es mi obligación advertiros que, si ahora mismo intentáis pronunciar la palabra escatológico, la vuestra, la tendréis asegurada.
No le deis más vueltas: si os ha dado asco, perdón por haberlo escrito, si os ha hecho gracia, reiros y si, ni una cosa ni otra, podéis emplear vuestro tiempo en averiguar dónde cagó Domicio.
Poneros en la piel del soldado de la garita o en la del dueño del bar de enfrente viendo pasar, derechos al servicio, a tres de sus clientes más habituales, sin dar ni siquiera las buenas noches y dejando una estela, camino del aseo, que corrompía.
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