Entre peticiones musicales, “ligo gin, poli pago”, “el mío, flojito”, “a mí, más anis que cognac” y demás zarandajas, se nos fueron, bien a gusto, diez minutos entretenidos en la barra, de manera que, al darnos la vuelta, con el vaso, por fin, en la mano, casi se había llenado el local de mala manera. Tal fue el lleno que Miguel, al verlo, exclamó resignado:
-“ ¡Buena la hemos armao!”
-“ ¡Buena la hemos armao!”