Fue tal el éxito del ruido que hacíamos con los zachos, que estuvimos cuatro días y cuatro noches con el sonsonete metido en los tímpanos. Sobre todo atronaban al entrar en los bares. Se levantaban los pelos del flequillo con el ruido que armábamos. Cuando nos vencía un poco el cansacio, allá a las cinco de la mañana, nos sustribábamos contra el futbolín del bar de Manolo y dejábamos reposar los instrumentos en el suelo. Todos menos Esteban que no soltaba, ni a tiros, la tapadera del bidón. De tal manera que, cuando le mandaba callar su hermana Marina, por que estaba hablando alto, él contestaba con tres tabanazos cojonudos.