Al final nos metimos en la panera de mi tío Emilio, el padre de GA, en lo que hoy es el Ayuntamiento. Con los sacos de cebada de mi padre por asiento y el tablón de subirlos al remolque con el carretillo por mesa, nos enjatimamos al pobre marranico. Nos lo compusieron en un horno de Coreses, no sin antes hacer to la risa que pudimos, lo mismo al trasladarlo hasta una pocilga, que al acristianarlo en el corral de Pon.