En el 4L, tanto Loreto como Alfredo, advirtieron la presencia del coche de Pon, un poco más adelante y fueron avisando a Miguel para que no se puesiera nervioso: “Aquel es Pon, estará esperándonos”, decía Loreto. “Sí, sí, tiene que ser Pon. ¿No lo ves, chacho?”, preguntaba Alfredo. Y Miguel seguía centrao en lo suyo: agarrao al volante como si tal cosa. Tan centrao iba que cuando llegó la bifurcación, ni tiró pa la izquierda, ni pa la derecha: por el medio. ¡Pum!, contra el mismísimo coche de Pon, que se libró de milagro, porque si es un momento antes, cuando estaba apoyado en la parte trasera del coche, le siega las piernas.
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