MALVA: CRÓNICAS DE UN PUEBLO...

CRÓNICAS DE UN PUEBLO
Por Murphy, el de las leyes, sabemos que si una vaca está por dar leche, la da hasta por los cuernos. Eso fue lo que me pasó un puente de la Constitución de hace muchos años. Y mira que los padres siempre nos advertían de que tuviéramos mucho cuidado con todo, cuando ellos no iban a estar. Para una vez que los míos (que en paz descansen), se fueron de viaje, yo tuve un accidente con el coche. Para una vez que me olvidé el carnet de conducir en casa (hubo otra vez, pero al llegar a Las Raposeras, lo eché en falta y me volví p’atrás a buscarlo), me para la Guardia Civil y me multa por no llevarlo. Para una vez que me ponen una multa por no llevar carnet, me miran las ruedas y me cascan otra por llevarlas en los alambres. Y para una vez que me multan por tener las ruedas desgastadas, unos kilómetros más allá, se me pincha una de ellas. El tal Murphy debió pedirse aquel puente y acercarse por Malva a pasarlo conmigo.

Cogí, aquel domingo, el SEAT 600 dispuesto a salir de fiesta con los amigos y nos encaminamos a Zamora. Al llegar al cruce de Coreses, como todavía no se podía ir a “El Vaticano”, a ganar unas indulgencias, tuvimos que hacer la parada en una señal que ponía “Stop” para incorporarnos a la, desgraciadamente famosa recta que llevaba a Zamora. Enfrente, cumplía con su deber una pareja de la Guardia Civil de Tráfico que, en aquellos tiempos imponía, con su sola presencia. Tal fue la calma con la hice el stop que, casi porque no les quedaba más remedio, se fijaron en el estado de las ruedas y vieron, unos alambres asomando entre la escasa goma que quedaba. Cuando me pidieron la documentación, caí en la cuenta de que, por primera vez en mi vida me había dejado el carnet en casa. La segunda, repito, que me di la vuelta al echarla en falta, llegando a Las Raposeras.
Decidimos ir a El Perdigón, a merendar en las bodegas, no sin antes hacer la parada habitual en un bar que había en Entrala, según se pasaba a la derecha. Unos metros antes de llegar a Entrala, cruzando la vía del tren, una de las ruedas que estaba en los alambres, se nos pinchó. La mala suerte fue que no se nos pinchara al cruzar la vía, en Coreses, de esa manera la habría cambiado y me habría evitado las dos multas. ¡Y Murphy, tomando copas en “La Farola”!.
Merendamos los asados habituales y se conoce que el vino de la merienda nos hizo efecto porque, de repente, se nos quedaba pequeño un pueblo como El Perdigón. Había que triunfar como fuera y nada mejor que ir a San Marcial. A unos cuatro kilómetros de allí, tenía que haber ambiente porque nos habían dicho que era fiesta. Pero la fiesta sería de las de guardar (de las de guardarse todos en casa) porque allí no había más que un bar en la plaza y, dentro el dueño, supongo, y un cliente, que si no era su cuñado le faltaba poco, el cual tenía el burro atado en la ventana. Años más tarde “El último de la fila” compuso una canción basada en aquella fiesta, pues en una de sus estrofas, hablaba de “un burro amarrado a la puerta del baile”, tal y como había aquella noche en San Marcial.
El camino de vuelta, el mismo que el de ida, creo, estaba recién arreglado y tenía las cunetas a estrenar, nuevecitas, bien limpias, pero bien profundas. A pesar de que no llevábamos mucha velocidad, cuando llegamos a un cruce y tuve que decidir si girar a la izquierda o a la derecha, cogí, como era de esperar, la opción más cerrada y estuvimos, unos metros, circulando por el mismo borde de la cuneta, hasta que terminamos cayendo en ella dando un culetazo y quedando con el coche trastornado sobre el lado derecho.
Una vez comprobado el perfecto estado de salud de los ocupantes, empezó un fuerte olor a gasolina debido a que el tapón del depósito, que era de plástico y había pertenecido a otro recipiente, saltó y dejó escapar casi toda la gasolina que había comprado unos kilómetros más atrás. En ese momento se me ocurrió preguntar:
- ¿Vais fumando?
Tanto Alfredo, que estaba en el asiento del copiloto, justo debajo de mí, como Fede que había viajado en los asientos de atrás, salieron pitando y me contestaron desde fuera del coche, a pesar de que la única salida posible era a través de la ventana de mi puerta.
Avisamos a unos vecinos para que nos echaran una mano a poner el coche de pie, pero no pudimos ponerlo en funcionamiento porque perdió el agua del radiador y echaba mucho humo, además de que se rompió el palier trasero derecho. Tuvimos que ir a un bar de El Perdigón y desde allí avisar a Pedro, que trabajaba de camarero en La Farola, para que nos agenciara algún parroquiano que nos fuera a buscar.
Aquel día hice el jornal del pajarero: dos multas, un pinchazo y un accidente. Sólo faltaba habernos echado novia en San Marcial.

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