En esa misma era jugábamos mucho a “Las conejeras”, versión cagalitera del béisbol americano, cuyo trofeo era, como casi siempre, sacudir pelotazos a los perdedores que subían al podio de la caseta de David a recibirlos. Se marcaban, con cantos, cuatro conejeras en la primera de las cuáles se metían los miembros de un equipo, mientras los del otro se apostaban por el resto del campo.