MALVA: CRÓNICAS DE UN PUEBLO...

CRÓNICAS DE UN PUEBLO
Se conoce que, con el cambio climático este, ya no van a sernos útiles aquellos juegos que teníamos de pequeños, con los que nos calentábamos en invierno. Como esto siga así vamos a tener que sacar del arca las bragas con tirantes que nos poníamos antaño. La verdad es que con este calor, aunque en Malva será un poco menos, no apetece meterse en la portalada a jugar a “La pulga y el piojo”, a “Pico, zorro, zaina”, al “Cinto”. Casi mejor jugamos un rato a “Hierro” en el resbalino de Misol o al “Chiquilín gua” en el rincón de la Señá Isidora o en la ventana de Aurelia.
De todos aquellos juegos a los que jugábamos de niños, creo que no sería mala idea, ir poniendo, poco a poco, algunos de ellos y la forma en que se jugaba.
Seguro que muchos os acordaréis de cuando íbamos por la calle Misol y al llegar al resbalino, alguien decía “ ¡hierro!” y teníamos que agarrarnos inmediatamente a la verja más cercana, porque si o perdías.
“La pulga y el piojo”, se empezaba igual. Alguien nombraba el juego y todo el que quería jugar tenía que arrimarse a un rincón de la portalada. El siguiente se ponía detrás del primero y así sucesivamente hasta que se completaba la fila. El juego consistía en echar al de delante sin utilizar las manos: sólo valían hombros, codos y piernas. Si te echaban de la fila, lógicamente, te tenías que poner el último y así volver a empezar. No había premio ninguno, salvo el calentón que llevabas con los empujones.
En el “Gua”, cada jugador apostaba su canica detrás de algún obstáculo y el que salía desde el gua, trataba de darle a alguna de ellas, contando una cuarta desde la salida. Si acertaba con la canica, le quedaba volver otra vez al gua y, si lo conseguía, eliminaba la canica alcanzada. Y así sucesivamente hasta que se hacía con todos los adversarios.
Para jugar a “Pico, zorro, zaina”, se hacían dos equipos de tres o cuatro jugadores. Junto a una pared se apoyaba otro chiguito que hacía de “madre” (creo que se llamaba así). El equipo que la pagaba se ponía en fila, agachados con la cabeza en el culo del anterior y sobre ellos saltaba los miembros del equipo rival, procurando que con sus culetadas, los agachados terminaran arroñándose, para seguir “pagando”. Una vez que estaban todos arriba, el primero que había saltado, a la vista “la madre” señalaba “pico”, “zorro” o “zaina” (también se podía llamar “churro, mediamanga, mangaentera”) y si los de abajo acertaban, el que la pagaba, la siguiente vez, eran los de arriba o viceversa.
El juego del “Cinto”, además de en la portalada de la escuela, se jugaba también el en rincón de la Señá Isidora, y consistía en sentarse cuatro o cinco chiguitos, bien juntitos y pegados a la pared. Por detrás de ellos escondían un cinto que trataba de buscar otro muchacho, metiendo la mano por donde podía, al tiempo que vigilaba por si los de los extremos le arreaban algún cintazo que le calentara el culo. Si te pillaban con el cinto en la mano perdías y te tocaba buscarlo a ti.
Había que arreglárselas como fuera para no meter el burro en casa y no pasar frío y la alternativa de hacer agujeros en un cacho carámbano que habíamos cogido en el arroyo, apretándolo contra algún caño del pozo bueno, no nos traía más que sabañones en las manos.
Por hoy vale, pero seguiremos con la serie de juegos y bromas, aunque ya que estamos, me gustaría preguntaros si sabéis lo que era “echar un pienso”. Pues ni más ni menos que agarrar a uno más pequeño que tú, o igual pero ayudado por otros tres o cuatro, y meterle un montón de paja por dentro del calzoncillo... para que comiera el pájaro.

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