CRÓNICAS DE UN PUEBLO
Hoy no he tenido mucho tiempo, la verdad, pero como llevamos ya muchos días sin escribir de anécdotas ni de cosas parecidas y encima se acerca la hora del chatito de vino y la tertulia, voy a recordar una que nos ocurrió a Miguel y a mi en Zamora y de la que tomé nota, cuando el viernes pasado, en Salamanca, nos vimos rodeados por unas cuantas piernas largas que asomaban por bajo de unas falditas bien cortas.
Había ido a casa de mi tía Vicenta, a algún recao que me habrían mandao y hasta allí me acompañó Miguel, con idea de tomar un vinito después. Era la crítica hora de hacerlo, también para mi tío Nino, que salía en ese momento a hacer lo propio. A mi tío, como sabeís, le gustaba el vino con alma, de manera que cuando llegaba al bar, pedía un vaso y se lo bebía de un trago, haciendo gestos con la mano para que el camarero no se alejara:
- ¡Aguarda ven acá, no marches! ¡échame otro!.
Se ve que el primer vino le corría prisa. Sería para chiscar a gusto el cigarro que acaba de liar.
Al encontrarse en la puerta con nosotros, se le ocurrió decirnos que iba a tomar un vino y que si queríamos ir con él. Aceptamos con los ojos cerrados y nos dejamos guiar por él, que para eso llevaba unos años haciendo el mismo recorrido.
Aunque no tenía costumbre, porque el buen bebedor de vino de aquella época, lo solía hacer en ayunas, quiso cumplimentarnos en condiciones y pensó en aliviarnos el tremendo hambre que llevábamos, para que el vino no cayera en bango.
En el primer bar que entramos pedimos un tinto solo y dos con gas y nos fijamos que en un cartel, pegando al reloj, ponía bien claro y en letras bien grandes: “Hay minifaldas”.
Mi tío pensó: “Esta es la mía, aquí tienen la especialidad que más conviene al hambre que traen estos. Además, pa mi otra, que tienen que estar mu ricas y siempre entra mejor el vino”.
Sin encomendarse a santo ninguno, le pidió al camarero:
-“Venga, ponnos tres minifaldas”.
Al momento, se presenta el camarero con tres cortos de cerveza que nos metimos entre pecho y espalda, a continuación de los vinos.
Tuvo que decir el camarero: “ ¡Mejor, así van más listos a la cama!.
--- o0o ---
Hoy no he tenido mucho tiempo, la verdad, pero como llevamos ya muchos días sin escribir de anécdotas ni de cosas parecidas y encima se acerca la hora del chatito de vino y la tertulia, voy a recordar una que nos ocurrió a Miguel y a mi en Zamora y de la que tomé nota, cuando el viernes pasado, en Salamanca, nos vimos rodeados por unas cuantas piernas largas que asomaban por bajo de unas falditas bien cortas.
Había ido a casa de mi tía Vicenta, a algún recao que me habrían mandao y hasta allí me acompañó Miguel, con idea de tomar un vinito después. Era la crítica hora de hacerlo, también para mi tío Nino, que salía en ese momento a hacer lo propio. A mi tío, como sabeís, le gustaba el vino con alma, de manera que cuando llegaba al bar, pedía un vaso y se lo bebía de un trago, haciendo gestos con la mano para que el camarero no se alejara:
- ¡Aguarda ven acá, no marches! ¡échame otro!.
Se ve que el primer vino le corría prisa. Sería para chiscar a gusto el cigarro que acaba de liar.
Al encontrarse en la puerta con nosotros, se le ocurrió decirnos que iba a tomar un vino y que si queríamos ir con él. Aceptamos con los ojos cerrados y nos dejamos guiar por él, que para eso llevaba unos años haciendo el mismo recorrido.
Aunque no tenía costumbre, porque el buen bebedor de vino de aquella época, lo solía hacer en ayunas, quiso cumplimentarnos en condiciones y pensó en aliviarnos el tremendo hambre que llevábamos, para que el vino no cayera en bango.
En el primer bar que entramos pedimos un tinto solo y dos con gas y nos fijamos que en un cartel, pegando al reloj, ponía bien claro y en letras bien grandes: “Hay minifaldas”.
Mi tío pensó: “Esta es la mía, aquí tienen la especialidad que más conviene al hambre que traen estos. Además, pa mi otra, que tienen que estar mu ricas y siempre entra mejor el vino”.
Sin encomendarse a santo ninguno, le pidió al camarero:
-“Venga, ponnos tres minifaldas”.
Al momento, se presenta el camarero con tres cortos de cerveza que nos metimos entre pecho y espalda, a continuación de los vinos.
Tuvo que decir el camarero: “ ¡Mejor, así van más listos a la cama!.
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