Vivía con Isidro, el de La Bañeza, con el que salía mucho por ahí. Una tarde habían ido en autobús y al llegar a su parada iban bajando, de uno en uno, todos los viajeros. A la señora que salía delante de Miguel, se le cayó el bolso al suelo y automáticamente se agachó a cogerlo. Miguel, que seguía andando, distraído con no sé qué colación que le había sacado Isidro, le dio a la señora, en mitad del pandero, con todo el “escombro”, ante la mirada del resto de viajeros que no pudieron contener las carcajadas, cuando la mano de la señora, llegó a la cara de Miguel.