Ya me ha soltado el dentista. Me ha puesto un empaste a saber de qué material. Os cuento: cuando me tumbó en el sillón y se calzó los guantes de goma, se echó un aguce y se frotó las manos como para coger el pico. Al cabo de un rato de urgarme en un premolar, le pidió a la asistente que le quitara un ollejo de lenteja que tenía pegado en la punta de uno de esos instrumentos que te meten en la boca. Y yo con los ojos abiertos, a dolor vivo.