Hasta que alguien (creo que don Carlos o doña Bibi) le solucionara el problema, haciéndole ir todo el día con una china debajo de la lengua y pronunciando la “rrrrrrr” por la
calle a’lante, muchos recordamos las dificultades que tuvo Míguel, de pequeño, con esta consonante. Llegaron a venir niños franceses a aprender el manejo de su lengua, pero de tapadillo ¡eeeeh!, que estos gabachos son mu encopetaos. Hablamos, como es bien sabido, de los primeros intercambios que, posteriormente, dieron lugar
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