Así que, uno en cada asiento del camión, velábamos el sueño del primo, en medio de la nada, porque no he advertido que había
niebla, pero que, aunque no la hubiera, no había luz ninguna, ni referencia que nos indicara dónde coño estábamos, hasta que:
- ¡Chacho! ¡Carlos! ¡que son las cuatro!
- ¡Cómo si son las catorce!, nos contestó desde la cama.
- ¡Esta si que es gorda!. Y ahora, ¿qué hacemos?
-Vamos a echar un cigarro ahí fuera y ya veremos...