puerta trasera
estis viendo el partido aqui tengo a los mios muy cabreaos
hola chicas donde estaisssss
buenas noches como se nota que estais viendo el partido
Buenas tardes.
Muy bueno, Heli. Hoy para ser sábado te lo has currao. Espero que ya puedas correr y aproveches este tiempo tan bueno que está haciendo.
CRÓNICAS DE UN PUEBLO
Sobre lo que nos hace reir Pon es difícil dejar de hablar porque siempre te acuerdas de “aquel día que fue y…” o “cuando le dijo…”, etc, etc. Raro es el sitio que y haya visitado donde no haya soltado alguna parida de la suyas, alguna de sus comparaciones ingeniosas, casi siempre referidas a Malva o a alguno de sus parroquianos.
Será difícil describir tanto la situación en que se produjeron, como el tono o la forma en que las dijo, pero por intentarlo que no quede. Así que ... (ver texto completo)
Cuando el quisquero terminó de contarlas, con el dedo, una por una, exclamó:
-“ ¡Undeci!”
-“ ¡Eso, undeci, undeci!” dijimos Pon y yo, más contentos que unas pascuas.
Si es por Pon, estamos allí todavía.

--- o0o ---
Como ninguno sabíamos decir once en italiano, extendí las dos palmas de las manos abiertas y añadí el dedo índice, despacio, tratando de que al quisquero le diera tiempo a contar los once dedos que yo le mostraba.
El espabilao de él ni se inmutaba, no hacía más que encogerse de hombros, pero no nos daba billete ninguno. Volví a mostrarle otra vez once dedos, pero que si quieres, ni tullía, ni mullía, hasta que Pon me cogió las monedas y se las puso, sin más, encima de los periódicos.
El quiosquero, como no podía ser de otra manera, era tan falto de luces que no había forma de que entendiera nadie.
-“Bon giorno”, dije yo, que pa eso soy el hermano del que vivió dos años en Roma. “Billeti transporti”, le pedí al quiosquero que ni contestaba ni casi nos miraba, siquiera.
-“ ¿Quanti?” preguntó él.
Pero esa mañana, estaba Cari desayunando, tan ricamente y a Pon y a mí, se nos ocurrió quitarle ese cargo, mientras apuraba el café y el cigarrito. Nos dio todas las monedas, que ya tenía contadas y preparadas, y nos presentamos en el quiosco.
Se había estado encargando, tanto de comprarlos como de ticarlos, mi cuñada Cari, en previsión de que se pudiera organizar algún embrollo de dimensiones desconocidas, aunque fácilmente previsibles, dado el pelaje de los transeúntes que montábamos lo mismo en metro, que en tranvía o en autobús.
De intérprete de lengua de signos, seguramente también se ganaría bien la vida. Y si no que le pregunten al romano del quiosco dónde vendían billetes para el transporte público.
Tampoco se queda manco, cuando tiene que hacerse entender por gestos. Cuando se te encara y pone el hocico picudo, medio guiñando un ojo, es que se le abren a una las carnes. ¡Cómo le eche mano, que se dé por fusilada!.
-“ ¡Ven acá, no corras!”, le gritaba el de Toro.
-“ ¡Sí hombre, ahora que te toca sacudir a tí!, le contestó Pon. Ahí voy a volver yo.”
No le faltaba razón porque, lo que empezó con voces e insultos, pasó a mayores, en un ¡ay!. Con cuatro empellones fueron escabulléndose de la emboscada pero, para terminar de zafarse de uno de los de Toro, Pon le soltó un mandoble en to la cara y salió corriendo porque perdía el coche línea, creo.
Sería algún pariente de Paturrino, el de Toro, el caso es que les vino a llamar al orden, una cuadrilla de toresanos cabreaos.
-“ ¡Malo, hoy tenemos títeres!”, decía Miguel, viendo lo que se avecinaba.