Es media noche, de una noche de verano. En silencio están los campos de El Piñero. Extendidos sobre el suelo los caminos, pero no los de ahora. Son aquellos caminos polvorientos que día tras día y muchos años pisaron las yuntas y sus yunteros. Recios hombres de chaqueta y pantalón de pana, con callos en las manos de empuñar la Mancera del arado, la hoz, o la vara de los contazos. Pacientes borriquillos que levantaban polvo al caminar por aquellos caminos, de madrugada, antes de despuntar el lucero ... (ver texto completo)