Amanecía la mañana con suave brisa fresca, esa que tantas veces soñaron los segadores. Por el sonido del motor de los primeros todoterreno que se aproximaban al lugar, alzaron el vuelo media docena de avutardas. Los campos comenzaban a despertar, pues aquellos vehículos anunciaron que volvería a suceder el acontecimiento extraordinario de la suelta de dos utreros. Todos los caminos eran válidos para agruparse en el inmenso círculo y zonas adyacentes. Las herraduras de los caballos golpean los cantos ... (ver texto completo)