La condesa, en los novillos, nos dejaba subir al
torreón y desde allí veíamos todo perfectamente, un poco pequeño pero cuando se escapaba algún
toro nos lo pasábamos bomba siguiendo sus correrías. Recuerdo con la señora vendió la
casa y toda la hacienda y se fue a vivir a
Madrid. Ya nada fue igual. Todo perdió su glamour.