Un amigo poeta, viéndome desconsolado, me sugirió que tendiera la tristeza para que el sol la secara. Otro, psicólogo de profesión, me recomendó que escribiera mis penas, las encerrara en una botella y la arrojara luego al mar. Decidí que el segundo consejo era más fácil de seguir. Así que tomé una botella de coñac que tenía a mano y me dispuse a vaciarla. Después de unos cuantos sorbos, supe que no sería necesario viajar hasta la costa.
(Seleccionado en el I concurso de relato breve de humor ... (ver texto completo)
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