5.-
En aquella vieja carta a la que me referí, Villanúñez le pedía a Pedraza, más cerca del ruego que de la exigencia: “… podrías escribir algo. Y si a la primera no te sale, sigue probando. Vamos, que ya tardas, no seas vago. En cuanto a ¿para quién escribir? Ni yo mismo lo sé. Para la Celtiberia Eterna; para la posteridad; para los andresvillanúñez, martinpedrazas y germanortigosas del siglo XXI, que los habrá. ¿No te parece suficiente? Venga, basta de dudas, Martín, que no te lo tenga que decir
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6.-
Yo soy Germán Ortigosa, improvisado mensajero entre mis dos mejores
amigos, de los que me siento orgulloso, de los que entran muy pocos en un kilo, como los melocotones gordos, utilizando las mismas palabras que Pedraza cuando, perorando sobre lo humano y lo divino, se ponía medio prosaico medio filósofo, después del tercer vaso de Cariñena, sentado en el banco corrido junto al fogón de la
casa de Villanúñez, allá en la Molineta, una pequeña aldea en las estribaciones de la
sierra, donde pasamos
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