Apenas se oía ya el murmullo del amanecer y la plaza se llenaba de esa luz brillante con la que amanece Blacos en los albores de agosto. El sol se deslizaba entre las ramas del olmo y su calor se tamizaba en la red de las hojas siempre dispuestas a proteger a sus habitantes. Hacían un enorme esfuerzo por retardar el sopor veraniego, con la esperanza de que, con el sueño todavía sin olvidar, los más pequeños se acercaran a su salón de juego para iniciar otro día largo, que así son los días que acompañan ... (ver texto completo)