Una radio de lámparas, con su enorme altavoz, con su dial de vidrio con nombres de extrañas y lejanas estaciones extranjeras, con la siempre roja aguja del dial moviéndose tras aquel cristal mágico, nos lleva al tiempo de la infancia para los que conocimos la llegada de los primeros transistores, que fueron la primera gran revolución de las comunicaciones. Lo de Internet ahora es nada al lado de aquellas primeras radios de pilas que se podían oír en cualquier lugar de la casa, en el campo, y no reunida ... (ver texto completo)