Unas gambas rebozadas, sopa de fideos; otra vez ensalada de la propia huerta, queso y embutidos que no hice gusto de probar por la dichosa dieta. ¿Café? No. Había poca gana y urgía ir al huerto a no sé qué. Nos aviamos a prisa y salimos pensando en que no nos cogiera la noche allá, viendo las gallinas, los gatos; la piscina nueva. Al entrar ladraba Calcetines (el perro lobo que guardaba la finca) y al pronto, se acercó a él mi hermano; se agachó y le soltó el collar de su cuerda. Salió como un proyectil a la carrera. Llegó a un extremo, se giró violento y regresó de igual manera; repitió de nuevo. Le vi regresar con sus enormes fauces abiertas, con la lengua colgando y aspecto alegre pero… su tamaño corporal y sus bermejos ojos daban pavor y respeto. Se nos vino suave a nosotros y nos olió a conciencia. Nos dejamos hacer su reconocimiento y, con cierto disimulo, le pasé la mano por la testuz buscando su aprobación y su amistad desde un ángulo indiferente, distraído y pasivo; cómo el que no se centra en ello pero está por la oferta.
- ¿Habías probado alguna vez estas guindillas? Son muy picantes. –Me arrimé a la mesa donde las tenía secando.
Ya las había visto antes, me imagino que picarán como los pimientos de “el padrón”; unos pican y otros no. Ya sabes…ese dicho.
- ¡Ay hermano, éstas pican mucho pero que mucho más! Éstas se llaman “Putaparió”- sonreía.
¿Por qué le han puesto ese nombre tan mal sonante? Me veía venir la respuesta.
-Porque cuando las pruebas, lo primero que sale de tu boca es esa frase: ¡la puta que la parió! ya verás cuando las comas.
Y nos mostró la piscina, cogió unos tomates ya maduros y algunas hortalizas más a capricho; se arrimo a Calcetines y lo volvió a sujetar al cordel en el que estaba. Por fin parecía que nos íbamos. Regresamos a su casa para que se bajara Purificación y subiera esas cosas que seleccionó en el huerto y, mientras esperábamos en el coche, apareció otro vehículo de en frente que quería pasar pero, como le había entregado las llaves todas a Purificación, pues no podía orillarse ni buscar un hueco para permitirle al otro pasar. Se impacientaban pero como ya se conocían lo hacían con cierto disimulo jocoso y cortés. Al fin estamos todos y, mirando mi reloj pensaba: bueno aún tenemos un par de horas para hurgar por las calles y, con un poquito de suerte, toparme con algunas de esas maravillosas gentes del foro, pero cuando nos pusimos en marcha me decepcioné comprobando que se giraba hacia otro de esos senderos que no acaban de salir de El Cerro. Tragué saliva y pregunté:
- ¿A dónde vamos?
-Quiero que veas un mirador precioso que tenemos aquí. Desde la costera del cerro o Fuente Pablo se ve todo el valle de Hornacinos y otras partes de Lagunilla-. Decía mientras yo simplemente quería estar allá, en el pueblo; no ver sus terrenos periféricos, quiero ir ya pero los que estamos de invitados no somos quién para forzar la marcha. El lugar aquel era precioso, repleto de caprichosos canchales y, mientras paseábamos hacia el mirador, agradecimos esa brisa de la tarde y esos aromas que nos regalaba el entorno natural que nos envolvía. Eran ya las nueve pasadas de la noche pero aún teníamos luz del ocaso que nos anunciaba: ¡Id ya de una vez hacia Lagunilla!
Y nos fuimos.
- ¿Habías probado alguna vez estas guindillas? Son muy picantes. –Me arrimé a la mesa donde las tenía secando.
Ya las había visto antes, me imagino que picarán como los pimientos de “el padrón”; unos pican y otros no. Ya sabes…ese dicho.
- ¡Ay hermano, éstas pican mucho pero que mucho más! Éstas se llaman “Putaparió”- sonreía.
¿Por qué le han puesto ese nombre tan mal sonante? Me veía venir la respuesta.
-Porque cuando las pruebas, lo primero que sale de tu boca es esa frase: ¡la puta que la parió! ya verás cuando las comas.
Y nos mostró la piscina, cogió unos tomates ya maduros y algunas hortalizas más a capricho; se arrimo a Calcetines y lo volvió a sujetar al cordel en el que estaba. Por fin parecía que nos íbamos. Regresamos a su casa para que se bajara Purificación y subiera esas cosas que seleccionó en el huerto y, mientras esperábamos en el coche, apareció otro vehículo de en frente que quería pasar pero, como le había entregado las llaves todas a Purificación, pues no podía orillarse ni buscar un hueco para permitirle al otro pasar. Se impacientaban pero como ya se conocían lo hacían con cierto disimulo jocoso y cortés. Al fin estamos todos y, mirando mi reloj pensaba: bueno aún tenemos un par de horas para hurgar por las calles y, con un poquito de suerte, toparme con algunas de esas maravillosas gentes del foro, pero cuando nos pusimos en marcha me decepcioné comprobando que se giraba hacia otro de esos senderos que no acaban de salir de El Cerro. Tragué saliva y pregunté:
- ¿A dónde vamos?
-Quiero que veas un mirador precioso que tenemos aquí. Desde la costera del cerro o Fuente Pablo se ve todo el valle de Hornacinos y otras partes de Lagunilla-. Decía mientras yo simplemente quería estar allá, en el pueblo; no ver sus terrenos periféricos, quiero ir ya pero los que estamos de invitados no somos quién para forzar la marcha. El lugar aquel era precioso, repleto de caprichosos canchales y, mientras paseábamos hacia el mirador, agradecimos esa brisa de la tarde y esos aromas que nos regalaba el entorno natural que nos envolvía. Eran ya las nueve pasadas de la noche pero aún teníamos luz del ocaso que nos anunciaba: ¡Id ya de una vez hacia Lagunilla!
Y nos fuimos.