Publicado el 2 noviembre, 2008
Nos sentamos en la terraza
del café de Levante
y con parsimonia y lentitud
nos tomamos una leche merengada
desbordada de canela.
El calor, agobiante, no nos permite
hablar de nada ni de nadie.
El camarero, un muchacho rumano,
nos sonríe detrás de su rostro sudoroso
y se esconde en el interior
donde el aire acondicionado
salva de la angustia de la calle.
Al atardecer una brisa suave se levanta
y las mesas vacías se llenan
de parejas que se aman ardorosamente.
Es, en ese momento, cuando
abandonamos la terraza
porque a nuestra edad
no estamos ya para contemplar
amores desenfrenados.
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Mientras mi desayuno se termina de preparar, un bocado de buen humor empieza con esta poesía de mi querido, (sí, siempre será querido) José Antonio Labordeta.
Saludos.
Nos sentamos en la terraza
del café de Levante
y con parsimonia y lentitud
nos tomamos una leche merengada
desbordada de canela.
El calor, agobiante, no nos permite
hablar de nada ni de nadie.
El camarero, un muchacho rumano,
nos sonríe detrás de su rostro sudoroso
y se esconde en el interior
donde el aire acondicionado
salva de la angustia de la calle.
Al atardecer una brisa suave se levanta
y las mesas vacías se llenan
de parejas que se aman ardorosamente.
Es, en ese momento, cuando
abandonamos la terraza
porque a nuestra edad
no estamos ya para contemplar
amores desenfrenados.
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Mientras mi desayuno se termina de preparar, un bocado de buen humor empieza con esta poesía de mi querido, (sí, siempre será querido) José Antonio Labordeta.
Saludos.