--Ya se que duele--le decía, pero hay que seguir luchando.
Sadako asentía con la cabeza. Nunca protestaba, ni por las inyecciones ni por los continuos dolores. Aunque un dolor aún más grande crecía dentro de ella; el miedo a la muerte. tenía que luchar no sólo contra la enfermedad, sino contra ese miedo. La grulla dorada la ayudaba. Le recordaba que la esperanza es lo último que se pierde.
La señora Sasaki paraba cada vez más tiempo en el hospital. Todas las tardes, Sadako esperaba con ansiedad el sonido de las sandalias de su madre retumbando por el pasillo. Todos los visitantes tenían que ponerse unas sandalias amarillas al entrar, pero las de su madre hacían un ruido especial. A Sadako se le partía el corazón al ver el rostro de su madre contraído por el dolor.
La última vez que su familia vino a visitarla, las hojas del arce se habían vuelto de color rojizo y amarillento. Eiji le entregó a Sadako una caja grande, envuelta en papel dorado y atada con una cinta de color rojo. Sadako la abrió despacio. Dentro había algo que su madre siempre había deseado regalarle: un kimono de seda estampada de cerezos en flor. Sadako sintió sus ojos nublados por la tibieza de las lágrimas.
- ¿por que lo has hecho?--le preguntó pasando la mano sobre la suave seda.- Nunca lo podré usar, y la seda cuesta mucho dinero.
-Sadako chan-- le dijo su padre con dulzura.--tu madre se ha pasado toda la noche en vela para terminarlo. Por favor, pruébatelo, aunque solamente sea por ella.
Haciendo un gran esfuerzo, Sadako se levantó de la cama. Su madre la ayudó a ponerse el kimono y a atar las banda. Sadako se alegraba de que el kimono no dejara ver sus piernas hinchadas. Con paso inseguro, caminó por la habitación hasta llegar a la silla junto a la ventana y se dejó caer. Todos estaban de acuerdo en que parecía una princesa con aquel kimono.
En ese momento entró Chizuko. El doctor Numata le había dado autorización para visitarla durante unos segundos. Miró a Sadako sorprendida; -Te queda mejor el kimono que el uniforme de la escuela --le dijo.
Todos se rieron. Incluso Sadako.
--Cuando salga de aquí, me lo pondré todos los días para ir a la escuela--bromeó Sadako.
A Mitsue y a Eiji les pareció una idea estupenda.
Por un momento todo parecía volver a ser como en aquellos buenos tiempos que pasaban juntos en casa. Hicieron juegos de palabras y cantaron las canciones preferidas de Sadako. Ella permaneció sentada, tratando de disimular en todo momento el dolor tan grande que sentía. Pero valió la pena. Cuando sus padres se despidieron, en sus rostros se podía apreciar un pequeño destello de alegría.
antes de acostarse, Sadako logró hacer una grulla más.
Seiscientas cuarenta y cuatro...
Fue la última que pudo hacer.
Sadako asentía con la cabeza. Nunca protestaba, ni por las inyecciones ni por los continuos dolores. Aunque un dolor aún más grande crecía dentro de ella; el miedo a la muerte. tenía que luchar no sólo contra la enfermedad, sino contra ese miedo. La grulla dorada la ayudaba. Le recordaba que la esperanza es lo último que se pierde.
La señora Sasaki paraba cada vez más tiempo en el hospital. Todas las tardes, Sadako esperaba con ansiedad el sonido de las sandalias de su madre retumbando por el pasillo. Todos los visitantes tenían que ponerse unas sandalias amarillas al entrar, pero las de su madre hacían un ruido especial. A Sadako se le partía el corazón al ver el rostro de su madre contraído por el dolor.
La última vez que su familia vino a visitarla, las hojas del arce se habían vuelto de color rojizo y amarillento. Eiji le entregó a Sadako una caja grande, envuelta en papel dorado y atada con una cinta de color rojo. Sadako la abrió despacio. Dentro había algo que su madre siempre había deseado regalarle: un kimono de seda estampada de cerezos en flor. Sadako sintió sus ojos nublados por la tibieza de las lágrimas.
- ¿por que lo has hecho?--le preguntó pasando la mano sobre la suave seda.- Nunca lo podré usar, y la seda cuesta mucho dinero.
-Sadako chan-- le dijo su padre con dulzura.--tu madre se ha pasado toda la noche en vela para terminarlo. Por favor, pruébatelo, aunque solamente sea por ella.
Haciendo un gran esfuerzo, Sadako se levantó de la cama. Su madre la ayudó a ponerse el kimono y a atar las banda. Sadako se alegraba de que el kimono no dejara ver sus piernas hinchadas. Con paso inseguro, caminó por la habitación hasta llegar a la silla junto a la ventana y se dejó caer. Todos estaban de acuerdo en que parecía una princesa con aquel kimono.
En ese momento entró Chizuko. El doctor Numata le había dado autorización para visitarla durante unos segundos. Miró a Sadako sorprendida; -Te queda mejor el kimono que el uniforme de la escuela --le dijo.
Todos se rieron. Incluso Sadako.
--Cuando salga de aquí, me lo pondré todos los días para ir a la escuela--bromeó Sadako.
A Mitsue y a Eiji les pareció una idea estupenda.
Por un momento todo parecía volver a ser como en aquellos buenos tiempos que pasaban juntos en casa. Hicieron juegos de palabras y cantaron las canciones preferidas de Sadako. Ella permaneció sentada, tratando de disimular en todo momento el dolor tan grande que sentía. Pero valió la pena. Cuando sus padres se despidieron, en sus rostros se podía apreciar un pequeño destello de alegría.
antes de acostarse, Sadako logró hacer una grulla más.
Seiscientas cuarenta y cuatro...
Fue la última que pudo hacer.