Aquella noche, Sadako observó cómo su madre ponía una linterna fuera para que los espíritus pudieran encontrar el camino en la oscuridad. Suspiró con alegría. Quizás.... quizás no tendría que regresar al hospital.
Durante varios días, familiares y amigos desfilaron por la casa para visitar a la familia Sasaki. Al final de la semana, Sadako volvió a sentirse cansada y la palidez había retornado a su rostro.
Apenas podía mantenerse sentada y se limitaba a observar, en silencio, a los demás.
-Hay que ver qué cambio ha dado Sadako--dijo el señor Sasaki--El espíritu de Oba chan estaré muy orgulloso de ver cómo su nieta se ha convertido en toda una señorita..
¡--Como puedes decir una cosa así!.--exclamó la señora Sasaki- ¡Prefiriría mil veces que fuese como antes!.
Se frotó los ojos y corrió a la cocina.
" Todos están tristes por mi culpa ", pensó Sadako. ¡Cuanto anhelaba poder volver a ser como antes! ¡que feliz sería su madre entonces!.
Como si adivinara sus pensamientos su padre le dijo: ¡Vamos, vamos! Descansarás bien esta noche y mañana te sentirás como nueva.
Pero al día siguiente Sadako tuvo que regresar al hospital. Por primera vez se alegró de la tranquilidad de su habitación. Sus padres permanecieron sentados, a su lado, durante un largo rato. De vez en cuando, Sadako sucumbía a un extraño sueño y se quedaba adormecida.
-Cuando yo muera- decía entre sueños-- ¿se acordarán de poner en el altar, para mi espíritu, las tortas de arroz que tanto me gustan?.
La señora Sasaki era incapaz de hablar. Tomó las manos de su hija entre las suyas y las apretó cariñosamente.
-- ¡Shsss...! dijo el señor Sasaki con un nudo en la garganta--Eso no sucederá por muchos años. No te des por vencida ahora, hija mía. Solo te quedan por hacer unos cientos de grullas.
Yasunaga le dio un medicamento par que pudiera descansar. Antes de cerrar los ojos, Sadako estiró la mano hasta tocar la grulla dorada.
-Me pondré bien--susurró a la muñeca.- y algún día correré como el viento.
A partir de entonces, el doctor Numata le hacía transfusiones de sangre y la inyectaba casi a diario.
Durante varios días, familiares y amigos desfilaron por la casa para visitar a la familia Sasaki. Al final de la semana, Sadako volvió a sentirse cansada y la palidez había retornado a su rostro.
Apenas podía mantenerse sentada y se limitaba a observar, en silencio, a los demás.
-Hay que ver qué cambio ha dado Sadako--dijo el señor Sasaki--El espíritu de Oba chan estaré muy orgulloso de ver cómo su nieta se ha convertido en toda una señorita..
¡--Como puedes decir una cosa así!.--exclamó la señora Sasaki- ¡Prefiriría mil veces que fuese como antes!.
Se frotó los ojos y corrió a la cocina.
" Todos están tristes por mi culpa ", pensó Sadako. ¡Cuanto anhelaba poder volver a ser como antes! ¡que feliz sería su madre entonces!.
Como si adivinara sus pensamientos su padre le dijo: ¡Vamos, vamos! Descansarás bien esta noche y mañana te sentirás como nueva.
Pero al día siguiente Sadako tuvo que regresar al hospital. Por primera vez se alegró de la tranquilidad de su habitación. Sus padres permanecieron sentados, a su lado, durante un largo rato. De vez en cuando, Sadako sucumbía a un extraño sueño y se quedaba adormecida.
-Cuando yo muera- decía entre sueños-- ¿se acordarán de poner en el altar, para mi espíritu, las tortas de arroz que tanto me gustan?.
La señora Sasaki era incapaz de hablar. Tomó las manos de su hija entre las suyas y las apretó cariñosamente.
-- ¡Shsss...! dijo el señor Sasaki con un nudo en la garganta--Eso no sucederá por muchos años. No te des por vencida ahora, hija mía. Solo te quedan por hacer unos cientos de grullas.
Yasunaga le dio un medicamento par que pudiera descansar. Antes de cerrar los ojos, Sadako estiró la mano hasta tocar la grulla dorada.
-Me pondré bien--susurró a la muñeca.- y algún día correré como el viento.
A partir de entonces, el doctor Numata le hacía transfusiones de sangre y la inyectaba casi a diario.