VILLAOLIVA: Un día en que Sadako se sentía especialmente cansada,...

Un día en que Sadako se sentía especialmente cansada, Yasunaga la sacó al patio en una silla de ruedas, a tomar el sal. Fue allí donde Sadako vio a Kenji por primera vez. Tenía nueve años, pero era más pequeño de lo normal para su edad. Sadako se fijó en su rostro. delgado y pálido, y en sus brillantes ojos negros.
- ¡Hola! - le dijo - yo soy Sadako.
Kenji le respondió con una voz suene y baja. Poco después los dos conversaban como viejos amigos. Kenji estaba en el hospital desde hacia mucho tiempo, pero casi no recibía visitas. Sus padres habías fallecido y él había quedado al cuidado de una tía que vivía en un pueblo cercano.
-Es tan mayor que sólo puede venir a verme una vez a la semana -le explicó Kenji--me paso la mayor parte del tiempo solo, leyendo.
Sadako volvió la cara al ver la expresión de tristeza en el rostro de Kenji.
--En realidad no importa--continuó Kenji con el mismo tono de voz-porque moriré pronto. Tengo leucemia por culpa de la bomba atómica.
- ¡pero tu no puedes tener leucemia! le dijo Sadako como un resorte- ¡tu ni siquiera habías nacido!
-Eso no importa- le aclaró Kenji- El veneno entró dentro del cuerpo de mi madre y ella me lo pasó a mi.
Sadako hubiera deseado poder ofrecerle algún consuelo, pero no era capaz de encontrar las palabras adecuadas. Entonces se acordó de las grullas.
- Puedes hacer grullas de papel, como yo, para que ocurra un milagro.
-Conozco lo de las grullas- le contestó.- pero es demasiado tarde para mi. Ni siquiera los dioses pueden ayudarme.
En ese preciso momento Yasunaga salió al patio.
-Kenji, ¿como puedes decir una cosa así?
Miró a la enfermera con firmeza y le dijo:
- Es cierto. Además, puedo leer el resultado de los análisis de sangre de mi ficha médica. Cada día están peor.
La enfermera, aturdida, no sabía cómo reaccionar.
-Eres un parlanchín! -dijo ella- Te vas a cansar de tanto hablar.
Y lo condujo dentro.
De vuelta a su habitación, Sadako se quedó un largo rato pensando. Trataba de imaginarse cómo se sentiría uno enfermo y sin familia. Kenji tenía, sin lugar a dudas, mucho valor. Hizo una grulla grande con el papel más bonito que tenía y se la envió a su habitación, al otro lado del pasillo. Tal vez le trajera suerte. Y continuó haciendo más grullas para añadir a su bandada.
Trescientas noventa y ocho.
Trescientas noventa y nueve...